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lunes, 10 de enero de 2011




Los Reyes Magos
¡Que desilusión¡ no recuerdo quien fue el que me dijo que los Reyes Magos eran nuestros padres, cuando yo estaba totalmente segura que existían, porque los vi, sí, los vi bajando por las escaleras, iban rápido y pude ver la capa del último, era roja, negra y blanca, y nadie me lo puede discutir, porque aún ahora mismo los estoy viendo.

Recuerdo que me dio miedo verlos, y cuando se lo conté a mi hermana mayor se meaba de risa, ¿no se por qué?

Cuando se aproximaban las fechas de los Reyes, desde la ventana de la cocina se veía el Monte Pico y mis padres nos hacían ver los camellos que ya venían hacia Andorra cargados de regalos, y la verdad no sé si eran las formas de las rocas o yo que sé, que los camellos los veíamos…………, los padres imposible.

Todo el balcón lo llenábamos de galletas, turrones y polvorones, y sobre todo mucha agua para los camellos, pues imagínate lo cansados que estarían.

Cualquiera se dormía, pensando si de verdad te iban a traer los juguetes o a lo mejor como muchos años una bata acolchadica y un pijama, los Reyes eran así.

El día de Reyes al levantarnos mis hermanas y yo, íbamos corriendo al balcón y los Reyes Magos no comían mucho, pero los camellos se bebían siempre toda el agua que les poníamos, los ojos se nos salían de las órbitas,¡ pobres camellos ¡

Mis hermanas me lo hubieran dicho, era mentira, me habían tomado el pelo, la carta estaba escrita y con muy buena letra y la había echado al buzón, como hacían todos los niños.

El juego de cocinita, con toda la vajilla y cubiertos incluidos dio mucho de sí, hacíamos chocolate con tierra y agua y machacábamos hierba y se lo dábamos de comer a los niños más pequeños de la calle, si os dijera a quien……………., siempre que lo veo me acuerdo, lo bueno es que comía bastante.

Mi juego de peluquería con secador a pilas que salía aire como los de verdad, me lo trajeron los Reyes Magos, no mis padres, y las muñecas que no hacían nada pero que les hacíamos de todo, también.

El año que nos trajeron una bicicleta BH para las cuatro fue lo máximo, allí estábamos las cuatro mirándola con los ojos como huevos, sin tocarla porque no nos lo podíamos creer, como iban a pensar mis padres comprarnos una bicicleta, que risa, eso era cosa de los Reyes Magos, era una para las cuatro, pero fueron ellos, seguro.

No sé quien fue el que me dijo que los Reyes Magos eran los padres, pero bien a gusto le hubiera dao un tortazo, ¡IDIOTA!
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viernes, 25 de junio de 2010

VERANO

Cuando era pequeña, los veranos eran interminables, duraban años. Había tiempo para todo y más, son recuerdos felices donde todo era libertad, no teníamos miedo de nada, íbamos a la Fuente Moreno, al Monte las Tinajicas, a los Juncos, a los Troncos, a la Estación, a San Macario. Todos estos lugares eran, como ir al fin del mundo.

No importaba nada, teníamos la calle.” Me voy a la calle”, no había que quedar, allí estábamos todos como clavos por arte de magia, no se podía faltar. Todos los días eran distintos, jugábamos a mil juegos: pelota, goma, rechóla, comba, capitúlo, bote- bote, los pelotazos, al ajo picante, al zapatico viejo, cambiar cromos, a los disparates, a los pitones, a cantar, a bailar……

A la hora de la merienda las madres desde los balcones nos llamaban por nuestro nombre, pero con una fuerza tan grande que a la primera las oíamos. Nos comíamos el bocadillo de Tulicren y a jugar otra vez.
Las ranas, renacuajos, lagartijas, hormigas y mosquitos, eran uno más. El reloj no existía para nosotros, mejor dicho, el tiempo iba de nuestra parte, igual que nuestras ganas de disfrutar y jugar.
Cierro los ojos y la sensación de felicidad, miedo y confusión, puedo sentirla bastante nítida, incluso muchos olores que van conmigo para siempre.

Lo importante de verdad eran los amigos y la calle, los padres pasaban a un segundo puesto. Nos sobraba vitalidad para dar y vender, no nos cansábamos nunca.
La de chichones y trenques en las rodillas, pero no pasaba nada, nada tenía importancia, hasta que te rompías un brazo o una pierna, entonces era el momento de llevarte al médico, antes no.

La vigilancia de nuestros padres, pasaba desapercibida, hasta que ya oscurecía y entonces otra vez sonaban desde los balcones las sirenas inconfundibles de nuestras madres desgañitándose para que fuéramos a cenar. Lo de la comida era sólo un trámite que había que pasar para después poder salir otra vez a la calle a tomar la fresca.

“A la fresca”, huyyyy, lo de la fresca, era muy importante, había que aprovechar, eso de estar por la noche en la calle era muy gordo. Ya los juegos cambiaban, eran un poco más tranquilos, pero sólo un poco. Era el momento de sincerarse y declarar que chico te gustaba, por la noche no nos daba tanta vergüenza. La de versiones surrealistas de cómo se hacían los niños, la de historias de miedo y cosas raras que nos inventábamos y que nos creíamos, todos con los ojos bien abiertos escuchando y cuando más miedo daba, la sirena.

Había que ir a dormir, que palabra, teníamos alergia a dormir, no por favor, era una pérdida de tiempo, pero tampoco lo perdíamos porque nos dormíamos a la de uno, de tirón y soñábamos que jugábamos.

Cuando era pequeña, los veranos eran interminables, duraban años.

Alicia.
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